Individuos, igualdad y rebaño


(Sí, es una imagen generada por doña IA)

Mientras tonteaba esta mañana frrría me he encontrado este artículo que junta una serie televisiva (que no veré) con retazos de la filosofía de Julián Marías que, al menos, no exigen estar mirando, sino leerlos y comprenderlos, mientras uno piensa en otros o en sí mismo, y se da cuenta de que no, nunca somos idénticos unos a otros y que la igualdad es una utopía como cualquier otra.

El modelo de emociones encontradas, basado en la coexistencia del placer y el dolor, se acomoda a nuestra realidad mucho mejor que la dicha inalcanzable que nos quiere vender la industria de la felicidad.

Me ha llamado la atención porque hoy estaba muy centrada en saber cosas sobre la psique de las personas raras ya sea a causa de una pequeña muesca en el ADN o porque su crianza fue también rara… ¿Adónde está el clic de la individualidad?

Si todos fuéramos uno, es decir, iguales en capacidad y en respuestas, un poco como algunos animales aburridos (ovejas, pequeños mamíferos de nombre desconocido que forman manadas innumerables, los crustáceos y otros habitantes submarinos) que, con todas sus maravillas, resultan previsibles, o repetitivos en muchos aspectos… pues sería fácil clasificarnos. Fíjense en cuantas especies submarinas hay y qué poca es la variedad específica humana.

Resulta que sí, que los humanos somos tan diversos como esos animalillos cuyos comportamientos («naturales») vemos reflejados en la banal divulgación de un documental-TV. Sus formas de actuar y vivir nos parecen tan divertidas como sorprendentes, terribles o amables que sean, mientras que sería aburridísimo ver un documental sobre la vida de cualquiera de nosotros. Ese es el motivo de que los anuncios de cosas moñosas sean trepidantes, llenos de colorido y con música de fondo pegadiza.

El artículo me ha gustado en varios aspectos. Que está redactado de una forma muy fluida. Que contiene retazos históricos: lo de Abderrramán III me ha caído bien, no sé si será fábula filosófica andalusí o qué, pero me he imaginado al Califa, ya viejuno, echando cuentas mientras se asoma a una ventana con atauriques… y dando gracias a Dios, como buen musulmán). El artículo tiene una redacción sencilla y fluida que se agradece.

Ninguna de nuestras vidas puede ser una constante de felicidad, ni siquiera una constante de la búsqueda de ella, pues llega el momento en que cambiamos la «búsqueda de la felicidad» por «Diosito, que me quede como estoy» o por un enfurruñado corte de mangas al destino. Entre ambas, hay poco donde escoger.

Todos nacimos dotados de una cierta cantidad de deseo de felicidad, pero nuestra inconstancia lo mismo que el azar determinan cual será la cantidad mensurable al final de nuestros días, si hay alguna. Quizá solo catorce días en total (como le pasó a Abderramán) o quizá un poquito más, o menos.

La «industria de la felicidad» trabaja incansablemente en vendernos algo que no es verdadero, porque no es humano ser siempre y en todo momento pheliz. Está bien que sea así: la indecisión o las decisiones, la decadencia y cómo nos la tomemos nos hace más humanos todavía.

Acabo de acordarme de que leí «A fin de cuentas»… pero no soy capaz de acordarme de sus premisas principales, así que releeré el artículo al que se refiere mi post varias veces antes de acordarme adónde puse el bendito libro de Aurelio Arteta.

(Inauguro con esto la etiqueta «visto y no visto» que se basa en la velocidad a la que corre el tocino)