
El gobierno busca con afán una salidita para su responsabilidad en el accidente de Ademuz. De momento, propaganda.
No escribiría éstas cosas si no viniera de familia de ferroviarios, habiéndome desplazado digamos un 40% de mi vida en tren y el resto en coche. En fin… tristeza y el Gobierno haciendo cosas de Gobiernos.
Como estos últimos años apenas he viajado en tren (más bien, solamente en Cercanías) siento menos aprensión, pero para quienes han de tomarlo cada día será una cosa todo menos plácida. Para mí siempre fue un placer estupendo viajar en un largo recorrido, sobre todo hacia el Norte, disfrutando del paisaje y sus cambios. Ahora, ya me lo tomo con más calma y no será la primera vez que para ir a Madrid no me importe pagar un taxi (sí, así de crudo). ¡Claro que ya sé que el tráfico también tiene sus peligros!
Bueh, corramos un tupido velo al rollo personal y a los tecnicismos tristorros. El Gobierno se agarrará a cualquier pamema para escabullirse, sus orgullos no les permiten otra cosa. La empresa, para pagar menos por su responsabilidad y ambos para parecer como que hacen/harán algo… (Arán, bonita isla del Oeste del mundo.) Pacíficamente, pongo mi pensamiento en cosas más simples: que Dios acoja a los que han muerto y dé paciencia a los heridos.
Estuvimos la semana pasada de censo de aves acuáticas. Los coches nos ayudaron a mitigar los km. entre cada parada, a lo largo de la entrada del Río Tajo en el limes con Toledo, desde la presa de Valdajos hacia el término de nuestra Villa.
Pocas veces he pasado tanto frío, pero reconozco que el paisaje valía la pena. Páramo y tierras de labor; sotos con un sí es no es de abandono o basurero clandestino. Antiguas casas de peones camineros. Puestos de pesca. Valdajos y su presa ya están en Toledo, pero el cambio de provincia no se percibe en el paisaje. A la vuelta, ya visualizamos el Castillo de Oreja a nuestra izquierda.
Aves, muy pocas para lo que esperábamos. Daba pena ver los nidos abandonados de la temporada anterior, pero es el correr de la vida, el verdadero rio que nos lleva. Algunas cigüeñas, pequeñines (gorriones, algún zarcero…). Las aguas de los canales antiguos y modernos estaban vacías de familiejas, aunque existían rastros de su presencia durante el verano; lo mismo que huellas de los merodeadores que no vuelan, en algunos sitios. Nos desquitamos contando los patos azulones que amenizan el Real Sitio, al calorcillo del pan que les echan los turistas a las ocas (las cuales estorban, la verdad), en tan singular emplazamiento como los jardines de nuestra parte (la verdaderamente nuestra) del río.
De todos modos, el madrugón y la tristeza del día no acompañaban, así que me fui a casa para darle calor al cuerpo con una comida más contundente de lo habitual.
Es curioso como nuestra propia vida se ve reflejada por/en el entorno. Es decir, nuestros ojos y almas -cuando están preparadas para ello- visualizan algo que nos une a otros.
O sea, que ese rio que nos lleva lo dejó bien asentado J.L. Sampedro, nuestro paisano: es la vida y soñarla.