
Tengo que irme a Santander a solucionar alguna cosa administrativa, ¡qué bien!
No evoco la época de las vacaciones en Cantabria, que de lo único que me acuerdo es del asombro de mi abuela al ver la inmensidad del mar, ella manchega de toda la vida.
El tiempo pasó demasiado rápido entre lo primero y lo segundo, y finalmente, después de unas Oposiciones, trabajé allí, al menos 10 años… ¡pardiez! No tengo a mano mi historia personal y he olvidado las fechas y periodos concretos. ¿Diez años, o más? Mi memoria empieza a quedarse en las ramas de lo vivido y no en la cronología.
Lo vivido con muchos amigos, la mayoría externos a mi trabajo docente.
Éramos un grupito de locatis: Fernando y alguno de sus hijos todavía niños; Ángel y otra gente, de la que solamente recuerdo una pareja que una vez trajo a su bebé, todavía de teta, metido en una mochilita a una visita sin peligro. Por supuesto, esa vez no hubo tubos sifonantes que reptar, pero sí Belén.
Es que íbamos durante las fechas navideñas, a ver cuevas y a situar en algunas de ellas un ingenuo belén en algún sitio escondido: una forma como otra cualquiera de contaminar… Pero eso no importaba entonces
Me acuerdo algo de mí misma reptando por un tubo de techo bajísimo (más que yo, de ahí el reptar) y de las maravillas ocultas que escondían algunas cavidades: estalactitas brillantes de humedad como seres vivos, paredes que al tacto parecían tener un vidrio por delante, que no era más que calcita. Hoyos kársticos diminutos rellenos de guijarros pequeños, como nidos de un ave misteriosa. Hoy, la imagen generada por IA ha acertado de pleno.
Ojo, que en las cuevas llevábamos mapa topográfico y guías expertos, y jamás nos metimos en laberintos; íbamos siempre a lo seguro, pero sin escatimar la pizca de aventura, como aquella vez que entramos en una cavidad de noche, para experimentar el entrar y salir en la oscuridad.
Pero sí que reptamos y chapoteamos en algún arroyo kárstico, y mi mono amarillo se manchó bien del barro de las cavernas a costa de pasadizos estrechos y suelos húmedos. Y casi se me olvida el momento en que apagábamos la luz y experimentábamos la total oscuridad durante unos minutos.
No tengo fotos que atestigüen tales andanzas ni tampoco poseo ya los recuerdos que atesoraba: normalmente algún guijarro curioso… Sí, fueron reales, aunque a tantos años vista me parezcan mentira.
¡Pero me acuerdo mucho de las «perlas de las cavernas»!
Se trata de unas pequeñas concreciones de calcita que se forman por unas gotas de agua que caen sobre un guijarro suelto, más o menos grande, al que le cabe el honor de formar el «hueso» de esas cosas tan bellas como misteriosas, redondeadas, que las gotas iban recubriendo y girando, siglo tras siglo, con la cal disuelta en el agua, formando una cosa más o menos como una aceituna.
Una de ellas, que regalé a alguien, era como un diente, en tamaño y origen. Parecían juguetes perdidos de algún ser mitológico.
«Perlas de las cavernas» pues a veces formaban un montoncito de cosas redondeadas y blancas, como nidos o tesorillos mágicos.
Nunca arrancamos nada, solamente levantábamos del suelo alguno de tales tesoros pequeñitos, y nos los guardábamos, como lo que eran.

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