Corazón arrugao

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Climber wearing helmet and harness scaling a steep rocky cliff in the mountains

Tengo puesto el aire acondicionado en tal posición que no me he dado cuenta de que se me estaba helando un poquito la sangre al leer este artículo tan acertado de Antonio Elorza, de hace unos días.

Me acuerdo casi bien de tiempos anteriores, por lo cual, lo de Elorza me ha forzado a tentarme la ropa para comprobar que no era el aire acondicionado lo que me produjo el escalofrío.

Conozco dónde me encuentro como ciudadana de carne y hueso de la nación llamada España; que soy una a quien preocupan algunas derivas que está presenciando, acá y allá, durante el «reinado» de Guapito I el Bello, ¿de cuantas no seré yo misma un cómplice?

Vamos, que no me engatusan pseudo promesas ni carantoñas, o eso me parece porque siempre he votado con un poco de descuido polar, por más que Norte, Oeste y Sur me pidieran confianza.

Pero sí que me ha dado un mareo al terminar el ya enlazado artículo y quedarme pensando en el magma que nos rodea, que es como para tentarse la ropa. ¿Qué va a ser de nosotros cuando por fin se derrita el hielo del coctel guapohelado?

Simplemente me ha dado mareo el tratar de adivinar el después del Guapito de Cara, con las ganas que tenemos de que se despida del público, que hace horas que no ríe todas sus gracias, y deje el paso a otro clown.

Sí, Hitler y Mussolini «nos lo ponían todo mas fácil» pero nunca a los no partidistas, o al menos, a los poco partidarios, como una. No es consuelo el ir calculando cuál es el porcentaje de los que voten con el corazón arrugao y el alma despierta.

Pero al escalador que no tiene quien le asegure sino su propio nudo… le tiemblan las piernas, mientras castañetea los dientes asustado por la altura que ha cogido tras un buen rato de esfuerzo.

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