
(Sí, la foto es mía, por eso no está horizontal)
Planos y planes no son cosas iguales, aunque a mi, una hoja de bloc me ayude a recordar los segundos.
Los planos son dibujos que a menudo me gusta visualizar; especialmente planos, los mapas.
Planos nos deja el calor del verano; a mí, de toda la vida: modorra de 24 horas; miedo de que alguna obligación empuje a salir a morirse a la solana. Una desgana sutil que hay que vencer con aires acondicionados y abanicos, y ocasionales escapadas a sitios «frescos» que no siempre están así. Con modorra que invita a sestear de 10 a 10 de la noche.
«La fresquita» era un lugar mitológico que los mayores decían que existía a partir de las 18 horas, pero eso era cuando había una fuente en la esquina de casa. También existía una cosa que se llamaba «salir al fresco», pero eso ya ha caducado, me temo, en toda España.
He odiado el verano desde que tengo recuerdos. De niña, no se podía salir a jugar al patio más que una hora recortadita de sombra, por la tarde. A la mañana, era suicida. De vez en cuando, el verano traía tormentas cuyo ruido no me gustaba, pero refrescaban el ambiente.
Salir a la calle era peor, y eso que entonces la calle no era transitable por automóviles. Muy poquitos entraban en aquellos cien metros, y los mirábamos desde la penumbra del portal, siempre, siempre fresco, porque abajo del todo había un sótano que lo explica todo, pero nunca lo visité.
Luego, un año glorioso, apareció Santander (es nombre de un santo, sí*). Posteriormente, la vida volvió a darme otra oportunidad cuando ya era talludita y aprobé una oposición, y aquel fue mi destino durante diez años de gloria y espeleología.
Desde que tocó jubilación, vamos renqueando santanderes ya incluso en temporadas no veraniegas. Cada vez menos, para mi mal. Cada vez menos y más cortos…
Odio el verano, se lo regalo a los ansiosos/-as de playa, chun-chun y cervecita nocturna.
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*Santander es deformación del nombre «Sant Emeter(io») patrón del lugar.

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