Los Condes de Irlanda: el fin (4 y último).


Ruta de los Condes

Maircc croidhe ro sccrúd, maircc menma ro miodhair, maircc aithescc ro fhuighill an chomhairle trias a t-tainicc dul na druinge do-dheachattar for an echtra sin. ¡Ay del corazón que lo meditó, ay de la mente que lo concibió, ay del consejo que decidió el proyecto de ir a este viaje…! (Anales de los Cuatro Maestros. Entrada 1607.3.)

Los hechos de Kinsale fueron el primer fin del mundo gaélico, pero aún quedaban otros finales que soportar. Kinsale representó para los irlandeses la última oportunidad de victoria. Por ese motivo, Micheál Ó Cleirigh se lamentaba con las dramáticas palabras que se citan y traducen al inicio de esta entrada, pues tienen un innegable poso poético. Lo cierto es que la Huída de los Condes ha suscitado bastate poesía y música entre los irlandeses, debido a su naturaleza trágica.

Los españoles, por su parte, hicieron de la rendición de Del Águila una causa judicial, aunque el Maestre de Campo no vivió para defenderse en ella.

El primero de los Condes en salir de Irlanda fue el propio Ó Donnell “el Rojo”, que se vino a España para insistir en su petición de ayuda a Felipe III, pues todavía confiaba en volver a casa y quebrantar el poder inglés en Irlanda, con ayuda de la máxima potencia Católica del momento. Era algo lógico desde su punto de vista. Pero por desgracia, Aodh Rúa Ó Donnell murió al poco de llegar a Simancas, en Septiembre de 1602. La noticia de su muerte le llegó a su aliado y amigo Ó Neill cuando aún resistía en las montañas de Glenconkeyne (Co. Tyrone y Antrim), un territorio de espesos bosques.

Es discutible si la potencia militar irlandesa había sido deshecha del todo en Kinsale o si todavía tenía la fuerza que da el sentirse respaldada por el medio y la población. Así que a erosionar la una y la otra se aplicaron los ingleses. La política de guerra total, masacre, hambre y destrucción en la retaguardia alcanzó su máximo en estos momentos.

Un retrato idealizado del Conde Ó Néill. By William Holl, before 1871. (Fte. wikipedia)

Nadie sabe si, en 1603, cuando los ingleses se estaban quedando sin dinero para proseguir la guerra, además de enfrentarse a importantes cambios de dinastía, en el ánimo de Ó Neill existía un plan para abandonar Irlanda. En ese momento, se ofreció al Conde de Tyrone un suave pacto, el Tratado de Mellifont, que Ó Neill firmó sin saber que la Reina Isabel acababa de morir. Jacobo I Stuart ocupaba ahora el trono inglés y muchos esperaban que fuese más favorable a los católicos.

El hecho de que recibiera al Conde de Tyrone (ya rendido) en Londres, fue motivo de escándalo. Pero muchos soldados ingleses, curtidos desde la Guerra de los Nueve Años, rabiaban al ver al «architraidor» pasearse del brazo del nuevo Rey, y manifestaban su descontento arrojándoles piedras e insultos.

En 1605 Sir Arthur Chichester fue nombrado Lord Diputado de Irlanda. Todo indica que su celo anti-católico estaba atemperado por el interés de terminar de una manera razonable con la red de apoyo que suponía el Catolicismo para los irlandeses. Los desmanes de los militares ingleses que saqueaban, perseguían y mataban sacerdotes, monjes y población civil católica y su propio exceso de confianza, al amenazar a los ingleses católicos -llamados en Irlanda Old English- que hasta entonces habían sido fieles a la Corona, favorecieron el desafecto general de la población gaélica y de la que no lo era.

La ira personal de Chichester contra el Conde se concentró en una campaña de presiones hasta el punto de que Ó Neill declaró sentir su vida en peligro, tanto que optó también por poner tierra de por medio. Seguramente no habría soportado el quedarse en Irlanda como un terrateniente venido a menos, puesto que sus dominios estaban siendo entregados a colonos ingleses y escoceses, aunque quizá habría podido argumentar su caso en el Parlamento inglés, bajo el amparo del tratado de Mellifont.

En Septiembre de 1607 el Conde de Tyrone, con Ruari, el heredero de los Ó Donnell, y un nutrido grupo de nobles irlandeses de su entorno, además de sus dependientes y parientes (hasta los de muy corta edad), partieron de Rathmullan en un barco con proa a España. Los ingleses ya habían advertido a ésta de que acoger a los Condes se consideraría un acto de guerra, así que, después de una navegación accidentada, el barco nunca llegó a tocar la costa española, sino que arribó al norte de Francia. Desde allí los Condes pasaron a Flandes, entonces bajo dominio español.

No fueron extrañas las intrigas españolas, francesas y vaticanas las que hicieron el periplo de Los Condes tan largo como se ve en el mapa: el grupo de nobles irlandeses era un peligro diplomático y una gravosa carga económica para el Estado y los particulares que los recibían. Las fuentes permiten entrever que unos y otros se iban pasando la pelota de los Condes como si estuviera ardiendo.

Cuando, por fin, Ó Néill y su comitiva llegaron a Italia y fueron acogidos bajo la caritativa y «neutral» mediación del Papa Pablo V, todos respiraron aliviados, aunque temerosos de que Ó Neill pudiera regresar a Irlanda desde puerto mediterráneo. Porque, incluso en Roma, los irlandeses no desistían en su empeño de volver para luchar por sus dominios, y mantenían actividades subrepticias por medio de espías, agentes, sobornos e idas y venidas de clérigos entre Roma, España e Irlanda.

Pero en Italia se acabaron las falsas esperanzas. Fue el último toque de campana por el mundo gaélico. Sobre todo cuando, en una sucesión de rápidos ataques, La Muerte se fue llevando a cada uno de los Huídos y a los jóvenes que podían haber continuado su esfuerzo.

El 28 de Julio de 1608 moría en Roma el heredero de los Ó Donnell, Ruari, hermano de Aodh el Rojo, que habá muerto en España. Poco después fallecían su hermano Cathbarr y Cúchonnacht Maguire, quien había puesto el barco que les llevó fuera de Irlanda. El propio hijo de Tyrone, el joven Aodh Ó Neill, escapando de los calores del ferragosto romano, viajó a Ostia y allí, lejos de mejorar de las fiebres que lo acosaban en la Ciudad Eterna, murió a causa de ellas al año siguiente.

Escudo de los Ó Neill en la iglesia de S. Pietro in Montorio, donde se encuentran la tumba de Ó Néill y la de los hijos de Ó Donnell.

En Irlanda todavía se esperaba a los Huídos. Rumores de un retorno del Conde O’Neill circularon por la isla y encendieron no pocos sobresaltos y algaradas, como la breve rebelión de Cahir O’Doherty, descabezada en 1608. La rumorología llegó a su culmen en 1615, cuando se pidió que, desde el Flandes español, un Regimiento irlandés de los Tercios se uniera a las fuerzas escocesas del tío de Aodh Ó Donnell (que era señor de Islay y Kyntyre) para rebelarse contra los ingleses desde Escocia.

El final llegó en 1616 cuando, todavía un «hombre vigoroso y fuerte, capaz de viajar», el conde Ó Neill acariciaba la perspectiva de volver a Irlanda, y se aferraba a su espada como emblema de lo que había podido ser y no fue. En julio de ese mismo año murió en Roma, deseando «dejar este país, donde sé que no podré vivir mucho más. Yo podría ser de mayor servicio a Su Majestad en mi propio país o en cualquier otro más que aquí en Roma, donde lo único que puedo hacer es enterrar mis huesos junto con los de otros irlandeses que han muerto aquí» como decía en una carta que mandó escribir para hacerla llegar a la Corte de España.

Para muchos, la Huída fue un error desmedido. Otros, lo llamaron Fuga, pero ambos términos son bastante sinónimos en español.

Lo cierto es que fue un fracaso desde el punto de vista estratégico, pues no logró el objetivo de conseguir más ayuda para los irlandeses por parte de los Príncipes Católicos de Europa. Los documentos sugieren que Aodh Ó Neill consideró el abandonar Irlanda por lo menos como una retirada estratégica, pues seguía convencido de que aún regresaría a sus tierras y recuperaría su antiguo señorío. Más, una vez alejados de Irlanda, la idea se fue muriendo junto con quienes la mantenían.

Una vez fallecido Ó Neill, la Plantación del Ulster se desplegó a toda marcha, incluso con un matiz punitivo, lo cual favoreció una rebelión en 1641, extensa y tan dura como las otras, pero enseguida sofocada. Significativamente, en esta rebelión los Uí Neill fueron de nuevo protagonistas, por lo que, tras ellas, sus tierras fueron puestas a disposición de planters ingleses y escoceses protestantes.

El mundo gaélico, con sus nobles arropados por un entorno de poetas, músicos, legisladores, eruditos, clérigos… acabó aquí. Los nobles eran los «nudos» que trababan la red, que se descosió cuando ellos desaparecieron, física, legal o moralmente. Las leyes irlandesas antiguas no es solo que fueran abolidas por el tratado de Mellifont, es que cayeron en desuso al dejar de existir la sociedad sobre la que se sostenían.

La Huida de los Condes marcó el fin de un mundo que había sido original y hasta brillante en muchos aspectos. A partir de 1607 sobre ese mundo solo podía haber nostalgia. Pero la nostalgia es peligrosa, porque no produce cosas sólidas, solo fluidos como las lágrimas o la sangre. ¡Ah, bueno… y la tinta!

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BIBLIOGRAFÍA

  • Oscar Recio Morales «El socorro de Irlanda en 1601 y la contribución del ejército a la integración social de los irlandeses en España» Ministerio de Defensa, col. Adalid 2002 y este estupendo artículo en «Tiempos Modernos».
  • McCavitt, John. The Flight of the Earls. Gill & MacMillan, 2002
  • En las entradas correspondientes al año 1607 de Los Anales de los Cuatro Maestros tenéis la versión irlandesa de los hechos, por Ó Cleirigh. También en este enlace está en inglés el libro de Tadgh Ó Cianáin, que narra las vicisitudes de los Condes fuera de Irlanda.
  • En este otro enlace se encuentra el testamento de Ó Donnell transcrito del castellano viejo.

Los enlaces de toda la serie han sido revisados (Enero/Febrero de 2022) y actualizados los que estaban rotos.

ESTA ENTRADA SE PUBLICÓ EN DICIEMBRE DE 2012. HA SIDO REVISADA Y CORREGIDA EN DICIEMBRE 2021/FEBRERO 2022