No suelo hablar de las cosas que leo, porque siempre consideré que era un vicio privado.
Ya es pena que algunos viesen (o vean) la lectura como un peligro o una amenaza a la salud… Lo dice una monocular de nacimiento, que lee desde que aprendió a hacerlo, siempre bajo la «amenaza» de quedarse sin vista por ello. ¡Tonterías! sin vista me quedaré cuando Dios quiera. Sí, uso gafas, ¿quién no, a edad mayor de 50? Un desperdicio, siempre me sobra una lente.

Pues leo «El país donde florece el limonero. Una historia de Italia y sus cítricos» (Helena Atlee. Trad. María Belmonte)
No ha sido lo último que he leído; sino que lo leí hace ya hace…¿5 años? Sí, cuando la pandemia, momento estupendo para leer… y ahora, releer.
Hay que darle otra vuelta a algunas lecturas que nos gustan y nos emocionan, y a ésta en concreto porque es una absoluta delicia. Un traductor con cabeza hizo en su momento una excelente adaptación a las palabras (¡y las ideas!) originales, de manera que leerlo en español correcto y hasta muy bien adaptado, tiene el resultado de maravilla descriptiva, sin abusar de adjetivos, visual como uno de esos estupendos documentales que en su día realizaba la BBC y ahora rarísimamente se ven en TVE.
La autora, inglesa que se nota viajada, se complace en descubrirnos todo lo que gira en torno al limón en la campiña italiana: su cultivo, el origen e historia del mismo; la forma, los colores y los olores, las variedades del fruto con sus nombres, las regiones limoneras; los avatares históricos de tan preciado tesoro, los usos que se le dan… Porque el limón es un tesoro, y no ya porque pudo alcanzar precios exorbitantes en épocas más o menos lejanas, cuando no existían los aromas sintéticos, sino porque LO ES en sí. Como muchas frutas y todos los árboles del mundo.
Imagínense vds. una fruta, regalo de Dios «y del trabajo de los hombres»; vamos, una fruta como tiene que ser. Con variedad de formas y sistemas de cultivarlo y muchas más variedades de utilizarlo para una larga diversidad de usos. Su hermana, la mágica naranja, ha suscitado miles de poemas, canciones, pinturas… Pero el limón, con la cosa del agrio, parece como un hermano menor. Este libro demuestra que no es por falta de importancia o de interés.
¿Han manoseado vds. un limón? Untosidad, rugosidad y satén a la vez… Y su dureza, mayor que la de la mandarina o de la misma naranja, aunque eso depende de la variedad. ¡Y ese color! Y el olor al picotear la cáscara y/o abrirlo. Y el frescor del zumo en agua fría. Sí, esos de cáscara gorda, o la más fina, que se puede poner sobre un pescado fresco a la plancha, y… morir después.
Según la autora, en Italia se cultiva(ba)n muchas variedades de limón y cada cual con su aroma particular, aparte de la forma externa: los hay pequeñitos, los hay exageradamente grandes, con tetilla o no, de un amarillo limón perfecto y de un anaranjado maravilloso; los que se pueden consumir verdes o los que solamente sirven si están maduros. Los hay con nombres derivados de la región donde cada cual era cultivado. Los hay enormes, los hay pequeños y redondeaditos como juguetes para bebés…
La historia de cómo los musulmanes llevaron ese fruto desde Oriente y Norte de África hasta Italia, primero la insular y luego la continental. La locura de los hebreos de toda Europa (y luego, los de Oriente Miedo*) buscando ejemplares sin mácula para no recuerdo qué fiesta suya, que exigía una fruta impecable, sin picaduras ni manchas, porque es una ofrenda a D’s… ¿Es una fiesta que luego el limón se guardaba durante todo el año, o más, en una cajita, como un precioso tesoro? (Esto me suena de algún cuadro de Chagall que vi en Madrid hace también muchos años).
La grandeza del trabajo de generaciones de agricultores, cosechadores, vendedores; gente que utilizaba el zumo, o la pulpa, o una combinación de ambas para elaborar bebidas (limoncello, sí, pero el de verdad que no tiene nada que ver con lo que llamamos así por estas tierras), y perfumes, ungüentos, aceites…
Los que inventaron la moda de la fruta falsa, unos modelos a tamaño real hechos con cera y pintados, para adornar mesas, reposteros y no sé qué detalles decorativos en la época Renacentista y del Rococó. Los que descubrieron las propiedades cicatrizantes del aceite de bergamota, que es una variedad de limón que se criaba exclusivamente en el territorio de Bérgamo. El fastuoso jugueteo de una batalla a limonazo limpio por las calles de una ciudad con todo lujo barroco-bizantino y la pringosa desesperación de los limpiadores públicos, que luego tienen que eliminar los restos de la batalla.
Me encanta, no solamente la pulcritud documental con que está escrito el libro, sino el tremendo lujo de poder conocer la existencia e historia de una fruta ya no tan humilde, aunque ahora la consumimos estandarizada, domesticada, casi mecánica y… tan artificial como la Inteligencia esa que anda por ahí…
La diferencia entre un limón limonero, ¡limón de la estampita! (copyright Tip&Coll) y uno de plástico.
Acariciar un limón como si lo amáramos de verdad… Para los que sean más intelectuales que «fetichistas» de la fruta, les recomiendo ese libro. ¡Qué también da ganas de ir a Italia, cuidado!
Mientras tanto, acaricie vd. un limón, como si fuera suyo.
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